Ni las lineas ni las palabras

Sandra Sánchez

Antes del significado, hubo un gesto. Un movimiento del cuerpo encontrándose con la materia. En la obra de María García Ibañez nos adentramos en el territorio de este contacto desde lo asémico: un lenguaje que ha abandonado la obligación de nombrar, liberando a la línea de su servidumbre a la palabra. Aquí, la escritura no calla, sino que habla en una lengua háptica, anterior al diccionario.

 Pensemos en la escritura y en el dibujo como gramáticas de huellas, de diferencias que se repiten. En Ni las líneas ni las palabras esa repetición no busca fijar un mensaje, sino generar un ritmo. El del cuerpo que presiona la arcilla, del dedo que surca la superficie, de la mano que calcula los contornos y el espacio negativo. Cada azulejo es un lienzo donde la artista propone un espacio, un texto y una imagen a la vez. Un ritmo que es latido, respiración y compás de un hacer continuo.

 No leas, siente. Deja que el ojo siga el movimiento. Descubrirás que cada pieza no es una frase aislada, sino una ecología que se retroalimenta con cada lectura. Como en la filosofía de Jane Bennett, aquí el mundo es un conjunto de vitalismos y encuentros entre materia que se afecta. Estas piezas no son objetos inertes; son cuerpos que se relacionan, escuchan y responden. El ensamblaje no es una composición estática, sino una constelación momentánea de fuerzas y mensajes de código abierto. 

 La cerámica es el alma de este lenguaje. No es un soporte dócil; es un testigo que ha pasado por los cuatro elementos. Barro que guarda en su memoria la vibración del gesto que la formó, el cual no sólo depende de la artista, sino de un vocabulario milenario, un contexto y un agenciamiento colectivo que tiene lugar cada vez que un cuerpo inscribe algo sobre la tierra. Cada grieta, cada veladura en el esmalte trabajado como acuarela, cada huella digital, es una sílaba en este poema. El peso de cada pieza nos habla de la gravedad, de la tierra de la que surgió y a la que, tácitamente, regresa. Nos recuerda que todo cuerpo, por más etéreo que parezca, está encarnado.

 En este diálogo de presencias, el espacio negativo emerge como un protagonista silencioso. Los vacíos entre las formas y las pausas entre los trazos no son simples ausencias, sino respiraciones activas. Este espacio, tan característico del trabajo de María, abre un intervalo donde la mirada descansa y el dibujo se expande para reverberar en el aire, invitándonos a percibir no sólo lo que está, sino también lo que podría ser.

 Recorrer esta exposición es un acto coreográfico. Nuestro cuerpo se mueve entre cuerpos de arcilla, resonando con ellos. Percibimos los pequeños lienzos no como una imagen, sino como una energía que quedó suspendida en la materia.

 Ni las líneas ni las palabras es, en última instancia, una invitación a reconocer el pulso propio en contacto con una impronta otra. A percibir el rumor de la materia, la cadencia del hacer y el estremecimiento que surge cuando se conecta el gesto con la tierra, el cuerpo con el signo, y a nosotros con el elocuente ensamblaje de un mundo que se escribe, una y otra vez, sin necesidad de dominar nada.